lunes 26 de abril de 2010

Te cambio un dibujo por un puñado de palabras... - Capítulo Cinco: Cuando florecen los árboles


Cuenta una leyenda japonesa que un algún lugar de este mundo un hombre amó a una mujer profundamente. Esa mujer se llamaba Noa. Su amante se llamaba Yu.

Noa era una chica joven y débil que vivía en un ambiente familiar muy protector. En su infancia había tenido diversos problemas de salud y sus parientes la cuidaban igual que a una flor muy hermosa pero a la vez muy frágil.
Con la llegada del otoño la recluían en su casa y la mimaban hasta el extremo de no permitirle salir al exterior por miedo a que enfermara gravemente. Y así perder a ese tesoro tan bonito y delicado, con el pelo color ébano y los ojos almendrados, legado de todo un linaje.

Al llegar la primavera y con ellas las flores, la temperatura se suavizaba y el entorno se relajaba. Entonces consintían que Noa saliera y tuviera cierta libertad. Al igual que los pájaros que, cuando llegan las fechas estivales se atreven a alejarse un poco más del nido en busca de más alimento.
La joven disfrutaba de su autonomía custodiada con cierta resignación, ayudaba en las labores que le consentían y era feliz con eso. Siempre vigilada, siempre acompañada.

Una tarde algo soleada, realizando unos trabajos manuales cercanos a su casa, Noa sintió la mirada de alguien sobre ella. Al levantar la vista, vio a un joven que observaba con curiosidad la escena que representaban Noa, su tía y su madre. De repente la muchacha se sonrojó y pidió permiso para retirarse al interior. Yu seguía mirando sin reparos como la joven se perdía dentro del recinto.

Yu sabía perfectamente quién era aquella muchacha de pelo largo, piel clara y mejillas sonrosadas. Todas las primaveras acudía con sus amigos por las lindes del terreno de la familia Matsumoto, y sólo para verla. Desde muy niño sabía que Noa tenía problemas de salud y que sus padres habían decidido cuidarla igual que a una especie muy rara que requería cuidados muy especiales.
Él la había visto una tarde junto al río, frágil, pálida y bella. Había decidido verla cuando pudiera y esperarla siempre si ella se lo permitía. Noa… Sin quererlo ni pretenderlo, el muchacho le había jurado amor eterno.

Aquel día fue el primero que Noa se había fijado realmente en el hijo menor de los Watanabe. En cuanto había cambiado desde la última primavera. Había escuchado a su tía Mei como ensalzaba al joven Yu. Y todo con el fin de que el padre de Noa diera el visto bueno a la unión entre su prima y el muchacho, y así se realizara un compromiso del que ninguno de los adolescentes tenían aún constancia.
Noa sintió celos por primera vez en su vida y despertó de ese letargo al que la tenían atada. Decidió que quería comprobar si Yu debería ser para otra persona antes de unir su vida a su querida prima. Tenía que encontrar la forma de verlo y hablar con él. Aún no sabía cómo.

Al día siguiente, sin que ninguno de los dos lo supiera, ambos chicos iban a unir sus destinos para siempre.

Noa salió a dar un breve paseo por el entorno de la propiedad familiar. Realizando ese camino al que no la solía acompañar nadie, pues todos entendían que necesitaba estar sola de vez en cuando. Su momento de soledad y reflexión.
Ese mismo día, Yu se enteró por su padre que la familia Matsumoto, con la llegada de la primavera quería establecer ciertas relaciones más cercanas para comprometerlo con la prima Noa. El enlace tendría lugar con la llegada del próximo año.
La rabia hizo que saliera de su casa sin dar explicaciones y divagara por el bosque sin dirección concreta, sin rumbo determinado. Los pies y los pensamientos lo llevaron al borde del río oculto en el bosque.

Cuando Yu llegó al borde del riachuelo vio una silueta femenina recortada sentada sobre una roca de considerable tamaño. La cara apoyada sobre las rodillas y la mirada perdida. Inmediatamente, al reconocer a Noa se acercó a ella con sigilo. Para no asustarla le tocó el hombro con mucho cuidado y le hizo saber que estaba allí.
Noa se dio la vuelta en su dirección mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. El chico se sentó al lado de la joven sin pronunciar palabra y se quedó allí inmóvil. El silencio hizo que el ruido del agua al chocar con las piedras del río fuera más sonoro e impregnara todo lo que había alrededor.

Al rato, Noa apoyó la cabeza sobre el hombro de Yu. Igual que haría alguien que tiene la confianza de dejarse caer por un acantilado sabiendo que al otro extremo de precipicio hay alguien que lo salvará de la tragedia.
Permanecieron callados hasta que el día fue dejando paso a la noche. En ese momento, sin mediar palabra, se pusieron de pie, y rozándose con los dedos las mejillas se despidieron, tomando cada uno su camino, de vuelta a su casa y a la realidad.

Cuando amaneció el siguiente día, Noa creía haber soñado con la tarde que había pasado el día anterior. Para asegurarse de su engaño hizo el mismo recorrido al llegar la tarde. Al llegar a los pies del río, en la roca en que había permanecido sentada horas hacía apenas un día, vio, con los ojos llenos de lágrimas a Yu recostado contra la roca, mirando al horizonte con la vista perdida en algún lugar muy lejano.
Se acercó y se sentó. Ese día, en vez de permanecer en silencio, Yu y Noa empezaron a dejarse conocer.

Desde ese día, al llegar la tarde, cada uno rehacía el camino de vuelta a la orilla del río donde estaba esa piedra que les servía de cobijo y confidente donde daban rienda suelta a su amor y su cariño. Pero la primavera terminó y dio paso al verano. Y después el calor empezó a dejar entrar al frío.
Noa sabía que en algún momento la reclamarían al interior de su hogar hasta que volvieran a florecer los árboles. Pero entonces no podría ver a Yu más. Tanto él como ella sabían que con la llegada del nuevo año, su prima contraería matrimonio con el joven. Era un pacto firmado entre las dos familias. Ninguno podía cometer el deshonor de romper esa unión.

Y llegó el frío. A escondidas, y sabiendo que llegaba el final de su bonita historia, Noa salió de su casa camino de su particular refugio. Consciente de su delicado estado de salud decidió arriesgar y fue al encuentro de Yu. Allí él la esperaba con un regalo para firmar por siempre el cariño que se tenían.

Yu le hizo entrega a Noa de una orquídea, simbolizando la unión espiritual que ambos tenían. “De tallo maduro y flor eterna, es el amor que sentimos el uno por el otro. Un amor que ni el invierno puede matar ni el verano logra secar.”

Los dos jóvenes se despidieron con un dulce y tierno beso, volviendo por última vez hasta sus correspondientes hogares en ese otoño que empezaba a madurar.

Dice la historia que Noa murió aquel invierno. Enterraron sus cenizas cerca de la roca donde tantas horas pasó contemplando el río. Junto a su tumba plantaron la orquídea que Yu le había regalado simbolizando su amor eterno y puro.
Cuando Yu pasó por aquel lugar el día antes de su enlace, esperando encontrar a Noa para escapar con ella, encontró una orquídea florecida como ninguna otra, junto a una sepultura que decía “Por tu flor eterna es que sigo viviendo aquí”.
Yu no volvió a su casa para atarse a esa otra mujer. Simplemente se quedó junto aquella roca, día tras día hasta que se reencontró con Noa.

Luis Bacalov - The Grand Duel (Parte Prima)



Imagen: Sergio Gil Corrales
Texto: Dina El Ghoulbzouri Torres
Música: Luis Bacalov - The Grand Duel (Parte Prima)

viernes 23 de abril de 2010

23 de abril - Día del Libro


Desde mi pequeño rincón, me gustaría felicitaros a todos este día un tanto especial.
Se da la circunstancia de que mi persona tiende a devorar libros, uniendo mi afición a lo que realmente significa el día para muchos de nosotros, me gustaría celebrarlo de forma especial.

Hoy no sólo se celebra el día del libro, también se conmemora el nacimiento de uno de los mejores dramaturgos que la historia nos ha dejado, William Shakespeare; y de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, padre de nuestro El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Hoy se festeja la riqueza literaria y todo el patrimonio que nos han ido dejando grandes autores a lo largo de los siglos.

Espero que hoy os dejen como regalo un libro que os entretenga por las noches, os ilusione y os enseñe cosas desconocidas, porque los libros son una fuente de aprendizaje y de buenos ratos.

FELIZ DÍA A TODOS, disfrutadlo como se merece: con un libro, un café y una sonrisa.

lunes 12 de abril de 2010

Te cambio un dibujo por un puñado de palabras... - Capítulo Cuatro: Sin pensar en el pasado


Alguien dijo que en el amor y en la guerra todo vale, todo es lícito. Y como no, si hay un ganador, alguien siempre sale herido o perdedor en la batalla.
Si hablamos de corazones podemos encontrárnoslos de todo tipo: alegres, tristes, colmados, ansiosos, dubitativos, confiados, esperanzados y pesimistas… Y cada uno tiene sus razones para estar así.

Hay quien aún cree en el amor, en el poder encontrar a una persona que te ame como tú la amas, para toda la vida. Hay quien ya ha encontrado a su otra mitad, con quien compartir su vida, o por lo menos, con quien vivirla en este momento. Hay por ahí quien, después de muchas idas y venidas, ha perdido la confianza y la ilusión y arremete armas contra todo aquello que aspire a colarse en cualquier resquicio que tenga su voluntad y su corazón, sin dejar margen a que penetre ni una sola pizca de esperanza que le devuelvan las ganas de amar.

Probablemente sean este último grupo el que más nos atañe, y es que casi todos hemos pasado por ese aro. Una desilusión, un engaño, una pérdida, o simplemente dejar de querer. Ese camino cansa y nos predispone a no fiarnos de quién llama de buenas maneras a nuestra puerta. Todos hemos cerrado sin prestar atención a quién venía reclamando atención, no hemos escuchado lo que quería contar esa persona; y lo peor de todo, no hemos dado la oportunidad de mostrarnos aquello que tenía para ofrecernos. No hay peor amante que el que no se deja querer.

Las heridas sólo cicatrizan con el tiempo. Estoy segura de que un buen médico nos diría que curar a la vieja usanza no es perjudicial siempre que la herida no se infecte, y para eso hace falta un tratamiento. Con el corazón ocurre lo mismo, siempre que lo veamos como un pequeño arcón donde guardar sentimientos.
En nuestro pequeño baúl especial guardamos diferentes emociones, las hay buenas y las hay malas. Y las preocupantes son las malas, como los virus, que si los dejas campar a sus anchas en un espacio cerrado, cuando vienes a darte lo único que encuentras son los restos de algo que hubo en ese lugar. Lo malo siempre contamina a lo bueno si no se pone remedio a tiempo.

Hay emociones nocivas, que contagian a los sentimientos buenos y sanos; el ego herido, la rabia, el desprecio, el engaño, la pena, el orgullo… Todos ellos nos infectan y hacen que esa parte que quiere confiar en lo bueno se vaya haciendo más pequeña cada vez. ¿Quién no ha pasado por una situación así? Hoy en día todos nos hemos sentido mal “por culpa del amor”. Aunque realmente creo que esa expresión está mal hecha. Lo que nos hace sufrir es el miedo a perder o la pérdida en sí de algo que creíamos seguro, nuestro. El amor no hace daño, el amor engrandece y nos hace querer ser mejores.
Como mecanismo de defensa, se alicatan corazones y se cierran candados, para no volver a beber de esa última copa que nos dejo el sabor amargo de la pérdida, el engaño o el rechazo. Se construyen defensas espartanas y se levantan muros de acero, con advertencias en letreros rojos y bien grandes de “Prohibido el paso”. Como si no hubiera quedado ya bastante claro que no queremos arriesgar una carta de esa baraja y preferimos dejar de jugar. Descorazonados, desesperanzados, personas que creemos que ya no merece la pena amar, ni darle a nadie esa oportunidad de hacer de cada día uno diferente, especial y maravilloso. Y no, todos los momentos serán buenos, pero hasta los malos momentos saben mejor si es en compañía de alguien que te ve de forma distinta a como te mira el resto del mundo.

También puede suceder que nunca nos enteremos de que nos quisieron con el alma, a bocajarro, sin límites ni exigencias. Simplemente hay quien amamos, o casi veneramos a otra persona y nos lo guardamos para nosotros. ¿Un secreto? Lo veo más bien como una forma de cobardía, falta de coraje para admitir un reto y que nos rechacen. Sólo el valiente asume el desafío y el resultado que pueda tener, ya sea ventajoso o dañino.
Quizá, por un casual, por no hablar, nunca nos enteremos de esa persona a la que queremos sienta lo mismo por nosotros, que el sentimiento sea correspondido. Pero claro, eso sería empezar a asumir una guerra que más que dar, puede hacernos perder. Aceptar una contienda para luchar e ir ganando día a día con mil y una batallas, y lo más difícil de todo, acompañado de otro compañero de armas, que defienda lo mismo que nosotros. Y es que nadie dijo que esto fuera fácil, será mejor o peor, pero no creo que sea fácil. Y asumir ese reto es un plato del que no todo el mundo quiere comer.

Después están los que nos exponemos, los que confiamos y luchamos por lo que “queremos”. A nosotros también nos han hecho daño, nos han herido, también hemos perdido partidas de este juego caprichoso. Y sin embargo, aún estamos ahí, esperando, batallando… Corazones que creemos que si algo se fue es porque tiene que venir algo mejor. Corazones esperanzados que estamos esperando esa oportunidad para amar. Corazones que hemos aprendido de los palos, que hemos salido escaldados, y aún tenemos ganas de que la vida nos haga un guiño. Corazones arriesgados, que aún teniendo miedo, somos valientes y apostamos por algo que no es seguro, simplemente es algo en lo que creemos. Corazones valerosos que algún día ganaremos una batalla que dará comienzo a una guerra; quizá no sea eterna, quizá sólo sea temporal, pero estamos seguros de que siempre nos traerá algo bueno… Somos corazones que aún pudiendo levantar tapias y tapar agujeros de puertas para adentro, preferimos exponernos y darle a la suerte la oportunidad de aparecer y darnos ese As.

Alguien me dijo hace algún tiempo que todos rechazamos y a todos nos rechazan, todos herimos y a todos nos hieren, todos amamos y a todos nos aman, todos sufrimos y todos hacemos sufrir… Y es que es un bucle donde lo que yo siento ahora, mañana lo puedo hacer sentir.
Y por eso, después de una guerra perdida, ponemos nuestro corazón herido a curar, lo dejamos al aire libre para que se ventile, para que le sanen las magulladuras. Lo tendemos al Sol para que lo caliente y así se reponga, dispuesto a asumir una nueva guerra cuando se presente la ocasión. Porque más gana el que arriesga que el que ni si quiera intenta jugar.

Vanesa Martín - Cada uno por su lado


Cada uno por su lado sin pensar en el pasado y lo que les llegará.
Él se pasa entre sus cuadros horas muertas y sus pinceles dicen lo que él no dirá.
Ella y su filosofía, sus diseños y sus días siempre mirando el reloj.
Ella que no peca nada cuando muerde la manzana ella está mucho mejor.
Él es algo mas callado de estos chicos reservados, un poco conservador.
Ella siempre fue una loca, pero eso ya no toca tiene roto el corazón.
Ella que ya no se fía, aparentando ser fría, confundiendo sin temor.
Él un poco mas ingenuo, confiado pero tierno, en potencia un seductor.

Mira cómo se da, se da, mira como nos damos, cómo sin conocernos, sin saber que existes de pronto te ví.

Mira cómo se da, se da, secretos compartidos, te dí mi calendario, mi miedo mas mío, mi resurrección.

Con su nombre y una idea, cuatro horas y en su mente puesta volverla a encontrar.
Hizo eso de llamo y cuelgo, para ver si reconoce su voz del contestador.
Pero a la segunda espera, una voz suena serena y no pudo colgar.
Titubeos y el descaro de llamar sin pensarlo, no lo quiso evitar.

Mira cómo se da, se da, mira como nos damos, cómo sin conocernos, sin saber que existes de pronto te ví.

Mira cómo se da, se da, secretos compartidos, te dí mi calendario, mi miedo mas mío, mi resurrección.


Imagen: Sergio Gil Corrales
Texto: Dina El Ghoulbzouri Torres
Música: Vanesa Martín - Cada uno por su lado

martes 6 de abril de 2010

A sangre fría


—Mi amigo Willie-Jay solía hablar de eso; decía que todos los crímenes podían considerarse como «variantes del robo». Incluido el asesinato. Cuando matas a un hombre, le robas la vida. Lo que supongo me pone a mí entre los grandes ladrones. Fíjate, Don: yo los maté. Allí en la sala, Dewey hizo que pareciera como si yo estuviera mintiendo... a causa de la madre de Dick. Bueno, pues no. Dick me ayudó, sostenía la linterna y recogió los cartuchos. Y fue idea suya, eso sí. Pero Dick no disparó, no sería capaz de hacerlo... aunque cuando se trata de atropellar a un perro viejo, es muy rápido. No sé por qué lo hice —frunció el ceño como si el problema fuera nuevo para él, una piedra preciosa recién desenterrada de sorprendente y desconocido color—. No sé por qué —dijo como llevándola a la luz y haciéndola girar entre sus dedos para contemplarla desde distintos ángulos—. Estaba furioso con Dick. El duro, el hombre de acero. Pero no se trataba de Dick. Ni del miedo de ser descubierto. Yo quería correr la aventura. Y no era por nada que los Clutter hubieran hecho. No me habían hecho nada. Como otros. Como otros que me han dado una perra vida. Quizá sólo fuera que los Clutter tuvieron que pagar por todos.
Cullivan, tratando de averiguar la profundidad de la contrición que atribuía a Perry, lo sondeó, ¿verdad que experimentaba un remordimiento suficientemente profundo como para desear el perdón y la misericordia de Dios?
Perry dijo:
—¿Que si lo siento? Si es eso lo que quieres decir, no. No siento nada en absoluto. Y quisiera que no fuera así. Pero nada de aquello me causa preocupaciones. Media hora después, Dick me contaba chistes y yo me reía a carcajadas. Quizá no seamos humanos. Yo soy lo bastante humano como para sentir lástima de mí mismo. Me apena no poder largarme de aquí cuando tú te vayas. Pero nada más.


Fuente: A sangre fría - Truman Capote - 1965

Dura, real, casi increíble.
No había leído nada de Truman Capote y esta novela ha sido un gran descubrimiento.
La recomiendo encarecidamente.