
Cuenta una leyenda japonesa que un algún lugar de este mundo un hombre amó a una mujer profundamente. Esa mujer se llamaba Noa. Su amante se llamaba Yu.
Noa era una chica joven y débil que vivía en un ambiente familiar muy protector. En su infancia había tenido diversos problemas de salud y sus parientes la cuidaban igual que a una flor muy hermosa pero a la vez muy frágil.
Con la llegada del otoño la recluían en su casa y la mimaban hasta el extremo de no permitirle salir al exterior por miedo a que enfermara gravemente. Y así perder a ese tesoro tan bonito y delicado, con el pelo color ébano y los ojos almendrados, legado de todo un linaje.
Al llegar la primavera y con ellas las flores, la temperatura se suavizaba y el entorno se relajaba. Entonces consintían que Noa saliera y tuviera cierta libertad. Al igual que los pájaros que, cuando llegan las fechas estivales se atreven a alejarse un poco más del nido en busca de más alimento.
La joven disfrutaba de su autonomía custodiada con cierta resignación, ayudaba en las labores que le consentían y era feliz con eso. Siempre vigilada, siempre acompañada.
Una tarde algo soleada, realizando unos trabajos manuales cercanos a su casa, Noa sintió la mirada de alguien sobre ella. Al levantar la vista, vio a un joven que observaba con curiosidad la escena que representaban Noa, su tía y su madre. De repente la muchacha se sonrojó y pidió permiso para retirarse al interior. Yu seguía mirando sin reparos como la joven se perdía dentro del recinto.
Yu sabía perfectamente quién era aquella muchacha de pelo largo, piel clara y mejillas sonrosadas. Todas las primaveras acudía con sus amigos por las lindes del terreno de la familia Matsumoto, y sólo para verla. Desde muy niño sabía que Noa tenía problemas de salud y que sus padres habían decidido cuidarla igual que a una especie muy rara que requería cuidados muy especiales.
Él la había visto una tarde junto al río, frágil, pálida y bella. Había decidido verla cuando pudiera y esperarla siempre si ella se lo permitía. Noa… Sin quererlo ni pretenderlo, el muchacho le había jurado amor eterno.
Aquel día fue el primero que Noa se había fijado realmente en el hijo menor de los Watanabe. En cuanto había cambiado desde la última primavera. Había escuchado a su tía Mei como ensalzaba al joven Yu. Y todo con el fin de que el padre de Noa diera el visto bueno a la unión entre su prima y el muchacho, y así se realizara un compromiso del que ninguno de los adolescentes tenían aún constancia.
Noa sintió celos por primera vez en su vida y despertó de ese letargo al que la tenían atada. Decidió que quería comprobar si Yu debería ser para otra persona antes de unir su vida a su querida prima. Tenía que encontrar la forma de verlo y hablar con él. Aún no sabía cómo.
Al día siguiente, sin que ninguno de los dos lo supiera, ambos chicos iban a unir sus destinos para siempre.
Noa salió a dar un breve paseo por el entorno de la propiedad familiar. Realizando ese camino al que no la solía acompañar nadie, pues todos entendían que necesitaba estar sola de vez en cuando. Su momento de soledad y reflexión.
Ese mismo día, Yu se enteró por su padre que la familia Matsumoto, con la llegada de la primavera quería establecer ciertas relaciones más cercanas para comprometerlo con la prima Noa. El enlace tendría lugar con la llegada del próximo año.
La rabia hizo que saliera de su casa sin dar explicaciones y divagara por el bosque sin dirección concreta, sin rumbo determinado. Los pies y los pensamientos lo llevaron al borde del río oculto en el bosque.
Cuando Yu llegó al borde del riachuelo vio una silueta femenina recortada sentada sobre una roca de considerable tamaño. La cara apoyada sobre las rodillas y la mirada perdida. Inmediatamente, al reconocer a Noa se acercó a ella con sigilo. Para no asustarla le tocó el hombro con mucho cuidado y le hizo saber que estaba allí.
Noa se dio la vuelta en su dirección mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. El chico se sentó al lado de la joven sin pronunciar palabra y se quedó allí inmóvil. El silencio hizo que el ruido del agua al chocar con las piedras del río fuera más sonoro e impregnara todo lo que había alrededor.
Al rato, Noa apoyó la cabeza sobre el hombro de Yu. Igual que haría alguien que tiene la confianza de dejarse caer por un acantilado sabiendo que al otro extremo de precipicio hay alguien que lo salvará de la tragedia.
Permanecieron callados hasta que el día fue dejando paso a la noche. En ese momento, sin mediar palabra, se pusieron de pie, y rozándose con los dedos las mejillas se despidieron, tomando cada uno su camino, de vuelta a su casa y a la realidad.
Cuando amaneció el siguiente día, Noa creía haber soñado con la tarde que había pasado el día anterior. Para asegurarse de su engaño hizo el mismo recorrido al llegar la tarde. Al llegar a los pies del río, en la roca en que había permanecido sentada horas hacía apenas un día, vio, con los ojos llenos de lágrimas a Yu recostado contra la roca, mirando al horizonte con la vista perdida en algún lugar muy lejano.
Se acercó y se sentó. Ese día, en vez de permanecer en silencio, Yu y Noa empezaron a dejarse conocer.
Desde ese día, al llegar la tarde, cada uno rehacía el camino de vuelta a la orilla del río donde estaba esa piedra que les servía de cobijo y confidente donde daban rienda suelta a su amor y su cariño. Pero la primavera terminó y dio paso al verano. Y después el calor empezó a dejar entrar al frío.
Noa sabía que en algún momento la reclamarían al interior de su hogar hasta que volvieran a florecer los árboles. Pero entonces no podría ver a Yu más. Tanto él como ella sabían que con la llegada del nuevo año, su prima contraería matrimonio con el joven. Era un pacto firmado entre las dos familias. Ninguno podía cometer el deshonor de romper esa unión.
Y llegó el frío. A escondidas, y sabiendo que llegaba el final de su bonita historia, Noa salió de su casa camino de su particular refugio. Consciente de su delicado estado de salud decidió arriesgar y fue al encuentro de Yu. Allí él la esperaba con un regalo para firmar por siempre el cariño que se tenían.
Yu le hizo entrega a Noa de una orquídea, simbolizando la unión espiritual que ambos tenían. “De tallo maduro y flor eterna, es el amor que sentimos el uno por el otro. Un amor que ni el invierno puede matar ni el verano logra secar.”
Los dos jóvenes se despidieron con un dulce y tierno beso, volviendo por última vez hasta sus correspondientes hogares en ese otoño que empezaba a madurar.
Dice la historia que Noa murió aquel invierno. Enterraron sus cenizas cerca de la roca donde tantas horas pasó contemplando el río. Junto a su tumba plantaron la orquídea que Yu le había regalado simbolizando su amor eterno y puro.
Cuando Yu pasó por aquel lugar el día antes de su enlace, esperando encontrar a Noa para escapar con ella, encontró una orquídea florecida como ninguna otra, junto a una sepultura que decía “Por tu flor eterna es que sigo viviendo aquí”.
Yu no volvió a su casa para atarse a esa otra mujer. Simplemente se quedó junto aquella roca, día tras día hasta que se reencontró con Noa.
Noa era una chica joven y débil que vivía en un ambiente familiar muy protector. En su infancia había tenido diversos problemas de salud y sus parientes la cuidaban igual que a una flor muy hermosa pero a la vez muy frágil.
Con la llegada del otoño la recluían en su casa y la mimaban hasta el extremo de no permitirle salir al exterior por miedo a que enfermara gravemente. Y así perder a ese tesoro tan bonito y delicado, con el pelo color ébano y los ojos almendrados, legado de todo un linaje.
Al llegar la primavera y con ellas las flores, la temperatura se suavizaba y el entorno se relajaba. Entonces consintían que Noa saliera y tuviera cierta libertad. Al igual que los pájaros que, cuando llegan las fechas estivales se atreven a alejarse un poco más del nido en busca de más alimento.
La joven disfrutaba de su autonomía custodiada con cierta resignación, ayudaba en las labores que le consentían y era feliz con eso. Siempre vigilada, siempre acompañada.
Una tarde algo soleada, realizando unos trabajos manuales cercanos a su casa, Noa sintió la mirada de alguien sobre ella. Al levantar la vista, vio a un joven que observaba con curiosidad la escena que representaban Noa, su tía y su madre. De repente la muchacha se sonrojó y pidió permiso para retirarse al interior. Yu seguía mirando sin reparos como la joven se perdía dentro del recinto.
Yu sabía perfectamente quién era aquella muchacha de pelo largo, piel clara y mejillas sonrosadas. Todas las primaveras acudía con sus amigos por las lindes del terreno de la familia Matsumoto, y sólo para verla. Desde muy niño sabía que Noa tenía problemas de salud y que sus padres habían decidido cuidarla igual que a una especie muy rara que requería cuidados muy especiales.
Él la había visto una tarde junto al río, frágil, pálida y bella. Había decidido verla cuando pudiera y esperarla siempre si ella se lo permitía. Noa… Sin quererlo ni pretenderlo, el muchacho le había jurado amor eterno.
Aquel día fue el primero que Noa se había fijado realmente en el hijo menor de los Watanabe. En cuanto había cambiado desde la última primavera. Había escuchado a su tía Mei como ensalzaba al joven Yu. Y todo con el fin de que el padre de Noa diera el visto bueno a la unión entre su prima y el muchacho, y así se realizara un compromiso del que ninguno de los adolescentes tenían aún constancia.
Noa sintió celos por primera vez en su vida y despertó de ese letargo al que la tenían atada. Decidió que quería comprobar si Yu debería ser para otra persona antes de unir su vida a su querida prima. Tenía que encontrar la forma de verlo y hablar con él. Aún no sabía cómo.
Al día siguiente, sin que ninguno de los dos lo supiera, ambos chicos iban a unir sus destinos para siempre.
Noa salió a dar un breve paseo por el entorno de la propiedad familiar. Realizando ese camino al que no la solía acompañar nadie, pues todos entendían que necesitaba estar sola de vez en cuando. Su momento de soledad y reflexión.
Ese mismo día, Yu se enteró por su padre que la familia Matsumoto, con la llegada de la primavera quería establecer ciertas relaciones más cercanas para comprometerlo con la prima Noa. El enlace tendría lugar con la llegada del próximo año.
La rabia hizo que saliera de su casa sin dar explicaciones y divagara por el bosque sin dirección concreta, sin rumbo determinado. Los pies y los pensamientos lo llevaron al borde del río oculto en el bosque.
Cuando Yu llegó al borde del riachuelo vio una silueta femenina recortada sentada sobre una roca de considerable tamaño. La cara apoyada sobre las rodillas y la mirada perdida. Inmediatamente, al reconocer a Noa se acercó a ella con sigilo. Para no asustarla le tocó el hombro con mucho cuidado y le hizo saber que estaba allí.
Noa se dio la vuelta en su dirección mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. El chico se sentó al lado de la joven sin pronunciar palabra y se quedó allí inmóvil. El silencio hizo que el ruido del agua al chocar con las piedras del río fuera más sonoro e impregnara todo lo que había alrededor.
Al rato, Noa apoyó la cabeza sobre el hombro de Yu. Igual que haría alguien que tiene la confianza de dejarse caer por un acantilado sabiendo que al otro extremo de precipicio hay alguien que lo salvará de la tragedia.
Permanecieron callados hasta que el día fue dejando paso a la noche. En ese momento, sin mediar palabra, se pusieron de pie, y rozándose con los dedos las mejillas se despidieron, tomando cada uno su camino, de vuelta a su casa y a la realidad.
Cuando amaneció el siguiente día, Noa creía haber soñado con la tarde que había pasado el día anterior. Para asegurarse de su engaño hizo el mismo recorrido al llegar la tarde. Al llegar a los pies del río, en la roca en que había permanecido sentada horas hacía apenas un día, vio, con los ojos llenos de lágrimas a Yu recostado contra la roca, mirando al horizonte con la vista perdida en algún lugar muy lejano.
Se acercó y se sentó. Ese día, en vez de permanecer en silencio, Yu y Noa empezaron a dejarse conocer.
Desde ese día, al llegar la tarde, cada uno rehacía el camino de vuelta a la orilla del río donde estaba esa piedra que les servía de cobijo y confidente donde daban rienda suelta a su amor y su cariño. Pero la primavera terminó y dio paso al verano. Y después el calor empezó a dejar entrar al frío.
Noa sabía que en algún momento la reclamarían al interior de su hogar hasta que volvieran a florecer los árboles. Pero entonces no podría ver a Yu más. Tanto él como ella sabían que con la llegada del nuevo año, su prima contraería matrimonio con el joven. Era un pacto firmado entre las dos familias. Ninguno podía cometer el deshonor de romper esa unión.
Y llegó el frío. A escondidas, y sabiendo que llegaba el final de su bonita historia, Noa salió de su casa camino de su particular refugio. Consciente de su delicado estado de salud decidió arriesgar y fue al encuentro de Yu. Allí él la esperaba con un regalo para firmar por siempre el cariño que se tenían.
Yu le hizo entrega a Noa de una orquídea, simbolizando la unión espiritual que ambos tenían. “De tallo maduro y flor eterna, es el amor que sentimos el uno por el otro. Un amor que ni el invierno puede matar ni el verano logra secar.”
Los dos jóvenes se despidieron con un dulce y tierno beso, volviendo por última vez hasta sus correspondientes hogares en ese otoño que empezaba a madurar.
Dice la historia que Noa murió aquel invierno. Enterraron sus cenizas cerca de la roca donde tantas horas pasó contemplando el río. Junto a su tumba plantaron la orquídea que Yu le había regalado simbolizando su amor eterno y puro.
Cuando Yu pasó por aquel lugar el día antes de su enlace, esperando encontrar a Noa para escapar con ella, encontró una orquídea florecida como ninguna otra, junto a una sepultura que decía “Por tu flor eterna es que sigo viviendo aquí”.
Yu no volvió a su casa para atarse a esa otra mujer. Simplemente se quedó junto aquella roca, día tras día hasta que se reencontró con Noa.
Luis Bacalov - The Grand Duel (Parte Prima)
Imagen: Sergio Gil Corrales
Texto: Dina El Ghoulbzouri Torres
Música: Luis Bacalov - The Grand Duel (Parte Prima)


