Qué guerra tan sufrida está que tenemos tú y yo, que damos la callada por respuesta y todas las batallas las ganas con tus silencios, tan penetrantes como puñales, dolorosos como el vacío.
Combates de reproches para ver quien aparta la mirada primero, quién claudica y saca esa bandera blanca pidiendo clemencia al otro. Una rodilla al suelo que suma otra victoria en tu lista.
Y entre todas tus rendiciones llenas de caricias y halagos ninguna fue ante este enemigo que te planta cara, insistente y a veces cruel, al que nunca le pediste una tregua. Tregua la mía que ya no tiene significado alguno, de todas las veces que en vano alcé la voz para pedirte que pararas.
Puede que hoy ya no tenga sentido, que la estrategia que tenía ese plan de ataque se haya perdido en el camino que me trajo hasta tu fortaleza. Donde casi pierdo mi identidad por querer sentirte más cerca de lo que tú te permites estar. Tu mejor ataque siempre ha sido esa defensa férrea que parece no existir.
En algún lugar lejano quedan los pactos y las complicidades, que parecen no tener cabida entre el orgullo y la dignidad. Y si me paro a hacer balance de las bajas de esta contienda, se me hiela la sangre cuando veo todo lo que he perdido y que me llevo a cambio. Seguramente, se ha cobrado demasiado caro los esfuerzos por ganar una batalla habiendo perdido toda una guerra.
Tanto que si pasamos el uno al lado del otro, al mirarnos no nos reconoceremos, que las heridas del combate se graban en la piel aunque no dejen marcas ni cicatrices…
Texto: Dina El Ghoulbzouri Torres
1 Comentarios:
¡Qué parecidas son las dos cosas! Aunque esa es la única guerra que merece la pena...
Me ha encantao :D
Un beso!
PD: me encantan las fotos de Cádiz que tienes a la derecha :)
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