miércoles, 7 de octubre de 2009

El Demonio y la señorita Prym


— ¿Puedes darme esa respuesta ahora? –le preguntó el hombre.
— Supongo que ya deben de haberte contado el encuentro entre San Sabino y Ahab.
— Claro. el santo fue a ver a Ahab, conversó con él y, al final, el árabe se convirtió porque se percató de que el coraje del santo era mucho mayor que el suyo.
— Sí. Pero antes de irse a dormir volvieron a charlar un rato, a pesar de que Ahab se había puesto a afilar su puñal en cuanto San Sabino había puesto los pies en su casa. Convencido de que el mundo era un reflejo de sí mismo, decidió desafiarle, y le preguntó:
— Si ahora entrase la prostituta más bella que ronda por el pueblo, ¿te sería posible pensar que no es bella y seductora?
— No. Pero conseguiría controlarme –respondió el santo.
— Si te ofreciera muchas monedas de oro para que dejaras la montaña y te unieras a nosotros, ¿te sería posible mirarlas como si fueran piedras?
— No. pero conseguiría controlarme.
— Si vinieran a verte dos hermanos, uno que te detesta y otro que te considera un santo, ¿te sería posible pensar que los dos son iguales?
— Aunque me hiciera sufrir, conseguiría controlarme y los trataría a los dos de la misma manera. Chantal hizo una pausa.
— Dicen que este diálogo fue decisivo para la conversión de Ahab.
El extranjero no necesitaba que Chantal le contara el resto de la historia; sabino y Ahab tenían los mismos instintos; el bien y el mal
Luchaban por ellos, como luchaban por todas las almas de la tierra. Cuando Ahab comprendió que Sabino era igual que él, también comprendió que él era igual que sabino.
Todo era una cuestión de control. Y de elección. Nada más.

Fuente: El Demonio y la señorita Prym - Paulo Coelho - 2000

Cuando el Bien y el Mal se enfrentan, sólo la fortaleza y la convicción de uno mismo es capaz de superar la batalla.

Una novela que da mucho que pensar sobre la naturaleza de los hombres y las mujeres.