miércoles, 2 de septiembre de 2009

Una historia normal...

Buenas noches, me llamo Claudia y voy a contaros mi historia.
Y cuando digo mi historia me refiero a la que a mí realmente me importa, a la que me convierte en una persona, al fin y al cabo, importante para los demás.
No importa ni mi edad, ni mi trabajo, ni mi clase social y mucho menos el color de pelo que tenga. Si que importa lo que soy y como he llegado a serlo.

Tendría unos trece años cuando conocí a Sebastián. Llegó un día a mi casa con mi hermano mayor, Pablo. Según comentó, se habían conocido en la universidad al empezar el curso y se habían hecho buenos amigos.
Cuando les abrí la puerta me quedé paralizada y la presentación de mi hermano no contribuyó a que cambiara mi estado: “Como ves, mi hermana la estupidita que al parecer ha perdido hasta la educación. Claudia mi amigo Sebas, saluda”. Y pensé que ese era el momento indicado para que los cuatro jinetes del Apocalipsis hicieran su aparición estelar, como los cantantes de rock. Sucumbí a las redes del amor en la puerta de mi casa, creo que no hay nada más patético.

Obviamente, el hecho de que yo me enamorara perdidamente del mejor amigo de mi hermano mayor no iba a suponer nada en relación a sus vidas de universitarios, y menos cuando para Sebas yo era Clau, la hermana de su mejor amigo, “una niñita muy simpática”.
No sé cuantas veces deseé morirme mientras pegaba la oreja a la puerta del dormitorio de Pablo, escuchando a escondidas como hablaban de tal piba o tal tía a la que estaban “trabajándose”. Tengo que reconocer que siempre he sido muy celosa, y más en esas circunstancias. No entendía por qué no se fijaba en mí.

No tengo porque desmerecerme y a mi edad ya causaba cierto alboroto entre los chicos de mi edad, me habían pedido salir un par de veces, pero el amor es completamente ciego (y estúpido) y te limita a un campo de acción por etapa. Así que sufrí durante mi adolescencia, en completo silencio mis sentimientos tan puros y leales a alguien que sólo me decía “hola” y “adiós”.

Cuando cumplí los 16, mis amigas se empeñaron en ir al cine y luego intentar colarnos en algún pub para tomarnos nuestra primera copa a escondidas de los ojos protectores (e inquisidores) de nuestros padres. Nos pusimos todas muy guapas y salimos a celebrar que me hacía un día más vieja. Causé estragos entre los chicos de nuestro grupo, incluso hubo uno que quiso mancillar mis castos labios, pero me negué en rotundo. Había leído hacia poco que el que persiste y resiste, vence, y yo no iba a ser menos.
A la salida del cine, fuimos a parar al único pub dónde no debimos entrar. Era un sitio pequeño de rollito roquero y el dueño no se molestó porque le pidiéramos unas “cervezas”, dábamos el pego perfectamente. El problema fue cuando a la salida de los servicios me tropecé y terminé en brazos de un tío, para mi desgracia, uno al que conocía: Sebas. Y para seguir arreglándolo, iba acompañado de mi hermano. El cuál aprovechó el momento para presentarme a sus novias. Pasando completamente inadvertido en ese momento el cumplido que me había hecho Sebas: “joder Claudia, estás guapísima”. Gracias por el regalo hermanito.

Y les duró el noviazgo, y tanto que les duró. Cuando lo iban a dejar, yo había empezado a trabajar en una tienda especializada en artes plásticas. Me había negado a ir a la universidad y estaba haciendo un curso de diseño y artes gráficas. Ya había crecido, era una chica normal, nada destacable. Sebas ya me hablaba algo más: un “¿qué tal?” de vez en cuando y algún que otro “¿cómo va Clau?”. No es gran cosa ¿eh? Pero a todo se acostumbra una y después de aguantar durante dos largos años besos y caricias delante de mis narices, que no hablase conmigo era casi indiferente. O eso quería hacerme creer a mí misma.

Recuerdo haber tenido un intento de relación con uno de los chicos que asistía a clase conmigo, Raúl, era guapísimo e inteligentísimo. Mi amiga Paula no se explicaba cómo me gustaba tanto ese “bicho raro” amigo de mi hermano y no era capaz de lanzarme a los brazos de Raúl con los ojos cerrados. La verdad es que yo tampoco lo entendí nunca. Debería haberme puesto gafas.

Y Sebas y Mamen lo dejaron, y ese día sólo sentí pena, cuando lo vi tan destrozado llegar a mi casa y tirarse en la cama de mi hermano sin decir absolutamente nada. Pablo sólo estaba allí, callado, esperando. Cuando se iban de mi casa a dar una vuelta para que se despejara me acerqué y le dije “todo pasa, nada permanece” y me sonrió, a mí. Y en ese momento quise que todo fuera un mal sueño y que Mamen lo llamara y volvieran juntos porque cuando ves sufrir a una persona a la que quieres tan honestamente como yo quería a Sebas, su dolor, es tu dolor.

Pasó algún tiempo, me convertí en la encargada de la tienda donde trabajo, hacia algunos diseños por ordenador y me ganaba un buen dinero. Tanto, que decidí independizarme, con 21 años pensaba que sería bueno para mí y así, quizás sería capaz de olvidar esos sueños de niña.
Sebas había perdido toda la confianza en las mujeres, no salía con ninguna. Conmigo hablaba más, incluso empezamos a quedar un par de veces en semana para que él se desahogara y despotricara todo lo que pudiese de mi género. Siempre he pensado que nunca entendió qué pasó para que dejara de funcionar lo suyo con Mamen, él nunca lo asumirá y yo nunca se lo diré.

Y me enamoré o lo intenté con todas mis ganas de un amigo del novio de Paula, estuvimos algo más de 8 meses juntos. Era un tío por el que merecían la pena ciertas cosas, otras no las merecía, y por eso no se las di. Si lo que estáis deseando saber es si me metí en la cama con él, creo que os podéis contestar solitos. No tengo intención de alimentar vuestras mentes asquerosas y perversas.
Pero como todo hechizo de luna, se perdió la magia, o mejor dicho, yo dejé que se fuera por dónde vino. Adiós mi amor…
Sebastián creyó que me debía un favor y quiso compartir conmigo el luto de mi relación muerta. Empezamos a quedar asiduamente, tanto que día sí y día también venía a recogerme al trabajo, a cenar en casa, a dar una vuelta o a hacer cualquier otra cosa conmigo. Nos convertimos en muy buenos amigos.

Nuestra amistad avanzó sin prisas durante poco más de un año. De vez en cuando íbamos al cine, al teatro, a bailar, o simplemente a tomarnos una copa. La mayoría de las noches alquilábamos películas y encargábamos comida, nos acomodábamos en el sofá y apagábamos la luz mientras el DVD se ponía en marcha. Tengo que reconocer que Sebas tiene un gusto pésimo para escoger una película buena, pero es un hombre, casi ninguno tiene sensibilidad para ciertas cosas. Cuando la peli terminaba, alguno de los dos ya estaba KO en el sofá, efecto del largo día de trabajo. Nos despertábamos, y nos íbamos a dormir. Unas veces se quedaba en casa, otras se iba a su piso a dormir.
Y dejad de pensar mal. Que sólo dormíamos. Sí, para desgracia mía, porque ahí estaba ese sentimiento, quizás infantil, tan latente como el primer día.

Una noche Sebas me fue a buscar al trabajo. Jamás le había visto con una cara similar, estaba apenado, quizás decaído o preocupado. El chico de las mil sonrisas y mil y una tonterías: triste. Quitándole todo el protagonismo a mi melancólica fachada… Que egoísta.
Le pregunté que le sucedía, pero no quiso decírmelo, sólo le apetecía pasear. Así que escogimos nuestra ruta de siempre, dos largas horas de caminata que terminaban en un parque inmenso y precioso lleno de árboles y el murmullo del agua a de las fuentes.
Recuerdo la expresión sombría en su cara. Se apoyó en una tapia y me dijo que me acercara. Me coloqué a su lado, rozando su brazo izquierdo.

Me miró con expresión desconcertada.
- Cómo has crecido ¿eh? – me dijo.
- Hace casi diez años que me conoces, creo que lo has visto tú mismo – opté por ponerme a la defensiva, nadie sabía cómo podía terminar aquella conversación.
- Lo sé y me da pena que haya sido así.
Preferí guardar silencio, si empezaba a hablar iba a echarle en cara diez años de ceguera y tenía muy mal aspecto como para empezar una batalla dialéctica.
- A Pablo hoy se le ha escapado algo mientras trabajábamos – me dijo entonces.
- ¿A Pablo? No entiendo Sebas – fue mi contestación.
- Tu hermano me ha dicho que de pequeña habías estado enamorada de mí.
- Ah – fue todo lo que pude decir mientras mis mejillas se convertían en las de Heidi.
- Interesante.
- ¿Cómo que interesante? – alcancé a decir a regañadientes evitando que me temblara más las manos y la voz.
- No te vayas a poner a llorar Claudia, que me ha dicho que era algo que te pasó de chica, hace mucho tiempo, yo no quería que te pusieras así. Clau, no tenía intención, de verdad. Sólo…
Pero ya era tarde, involuntariamente estaba llorando, supongo que desahogando algo del dolor que en su día el provocó.
Con mucha delicadeza, me tomó de la mano y me atrajo hacia él. Con un dedo me levantó la cara que tenía bajada, me secó las lágrimas y apoyó las manos en mis caderas.
- Tonta, así que aún hay algo por ahí, soy especial ¿eh? – observó sonriendo, y eso me molestó. – Prohibido hablar – dijo poniéndome un dedo sobre los labios al prever mi protesta. – Déjame que te diga algo: me acabas de salvar la vida, creía que cuando te dijera que soy incapaz de estar cerca de ti sin querer besarte me ibas a mandar a la mierda. Creo, que por la cara que pones, no es así, pero si fuera el caso, abstente de partirme el corazón ahora, que quiero dormir pensando que si podía existir eso que nos uniera a los dos.
Me dio muchísima vergüenza cuando sus brazos rodearon mi cintura y me abrazó como yo tantas veces había imaginado de niña. Me dejé llevar y lloré, aunque ya no sabía por qué. Sebas sólo se limitaba a estrecharme más fuerte. Un momento después, se apartó, me cogió por la barbilla y me besó, algo tierno, sencillo, mágico.
Y ahí me quedé, abrazada a él mientras sus besos poquito a poco me transportaban a algún universo lejano.

Hoy hace de eso trece años, y aún es temprano para que mi Sebas se levante, escribir a las 5 de la mañana no es moralmente correcto, sobre todo, cuando a las 7 de la mañana tengo que estar despierta. Pero hay momentos de felicidad que me gusta compartir, y este es uno, y ahora, me voy a hacerle compañía a ese sueño de niña hecho realidad, uno más de todos ellos y quizás, el que me ha hecho ser como soy.

Buenas noches y gracias por pasar.

Texto: Dina El Ghoulbzouri Torres

1 Comentarios:

Anónimo dijo...

Hola a todos los aficionados al futbol,me gustaria contar con vosotros para un nuevo foro de futbol internacional.
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Un saludo