jueves 28 de mayo de 2009

El tiempo...

Hacía mucho tiempo que no hacía esto.
Pensar en voz alta sin que nadie paralice esos pensamientos con preguntas, contestaciones y críticas que no vienen a cuento.
Hacía mucho tiempo que no dejaba salir esa parte que está ahí, es irremediable.

Cogería mil y un versos de canciones que dirían cómo me siento, en qué pienso, y por qué ocurre. Supongo que podría pedirle prestadas algunas palabras a Benedetti, otras a Tagore, y otras tantas a Neruda. Segura estoy que todos ellos saben qué pasa, o por lo menos, son capaces de ser más exactos que yo.
Pero lo voy a contar de otra forma. Una para mí, especial.

Supongamos que me encuentro una vez más al borde de ese acantilado dónde se toman las decisiones importantes, supongamos que esta vez, no quiero dejar que la brisa sea quién ordene mis pensamientos. Esta vez, hace falta más que eso.

¿Qué es lo último que ha pasado? ¿Qué es lo último que has sentido?
Supongo que pasar no ha pasado nada fuera de lo normal, de lo cotidiano, es una rutina monótona la que guía mi destino.
En cuanto a lo último que he sentido... Rabia, tristeza, rechazo, indiferencia, pena, impotencia. Todos ellos sentimientos que no está en mi mano cambiar. Todo provocado por situaciones que no dependen de mí. ¿Puedo cambiarlos? Sí. ¿A costa de qué? El precio es demasiado caro, quizá...

¿Relativizar? ¿Cómo hacerlo cuando es algo importante, cuando es algo que duele de verdad? Evitar cuestiones que no llevan a ningún lado si se quedan en la superficie, decir cosas para no herir, que te digan cosas para ponerle una explicación a esas cosas que te hieren. Saber, probablemente se reduzca eso, a saber, sin miedo a establecer un diálogo sincero y directo.

El dolor es algo relativo, depende de cada ser, es independiente y se vive de forma individual. Nadie puede compartir mi dolor y así hacer la carga más liviana, tampoco yo puedo hacer que duela menos, ni si quiera sé el alcance que tiene algo que digo o que hago, y si provoca dolor o alegría.
Supongamos que hago cosas que parecen divertidas, pero resulta que mi interlocutor, ese receptor, sufre, mi actitud, mi conversación, mis actos provocan dolor, disfrazados de risas para no dramatizar, pero el dolor está ahí.
Yo no tengo la capacidad de medir cómo y cuánto va a doler, ni si quiera sé si va a doler, a menos que preste atención, a menos que pregunte, que intente saber qué pasa, qué sucede cuando hablo, a menos que me preocupe lo que le pasa a los demás.

Pero eso tiene poco que ver con todo esto ¿no?
Empatizar no es cosa de los seres humanos, estamos hechos para ser de piedra y no exteriorizar lo que sentimos, nos escudamos en la risa como si llorar o enfadarnos fuera malo, cuando tan sólo es natural. Símbolo de estar vivos, una pasión como otra cualquiera.
Claro que eso implicaría expresarse, comunicarse, decir, y eso es peligroso, porque te estás dando a conocer, ya se sabe un poquito más de ti con cada palabra que dices. El velo es menos denso...

A fuerza de observar descubrimos cosas. Yo siempre fui una gran observadora, y sin necesidad de preguntar descubrí muchas cosas sobre las personas que me rodean. Mi único problema es que sólo funciona si esa persona no es importante. Si esa persona es importante, forma parte de mi mundo, entonces la observación se vuelve borrosa y siempre me equivoco, sobre todo cuando sobre el velo esparcimos una niebla espesa que desmatiza lo que hay que ver.

¿Qué ha pasado? Nada fuera de lo normal.
¿Cuándo ha pasado? Un día cualquiera que ya no recuerdo ni cual fue.
¿Y entonces? Simplemente me he cansado de buscar entre la niebla para darme siempre de bruces contra la pared, porque cuando encuentro una rendija, la tapan con cemento; porque cuando sopla aire fresco cierran las ventanas; porque cuando hay risas, quizás detrás haya lágrimas. Porque va siendo hora de descansar...

Texto: Dina El Ghoulbzouri Torres