Desde el principio, debería aclarar que éste no era mi encargo típico. Me gusta trabajar sola, en mi propio laboratorio, pulcro, silencioso y bien iluminado, donde la temperatura está regulada y tengo a mano todo lo necesario. Es cierto que me labré una reputación por ser la clase de profesional que se desempeña eficientemente fuera del laboratorio si es necesario; cuando los museos no están dispuestos a pagar los seguros de transporte de una obra, o los coleccionistas privados no desean que se sepa con certeza la pieza que poseen. También es cierto que para realizar algún trabajo interesante he tenido que viajar al otro extremo del mundo. Pero nunca a un lugar como éste: el salón de juntas de un banco, en medio de una ciudad en la que sus habitantes acaban de dejar de dispararse entre sí hace apenas cinco minutos.
Para empezar, en el laboratorio de mi casa no hay guardias de seguridad. Quiero decir que, en el museo, suele haber un puñado de guardias profesionales yendo y viniendo, pero a ninguno de ellos se le ocurriría ni en sueños irrumpir en mi lugar de trabajo. Todo lo contrario que aquí. Son seis. Dos son guardias de seguridad del banco; otros dos son policías bosnios, contratados para vigilar a los guardias de seguridad del banco; y los otros dos son cascos azules de las Naciones Unidas, encargados de vigilar a los policías bosnios. Todos vociferando constantemente en bosnio o en danés por sus chirriantes walkie-talkies. Y como si tal gentío no bastase, también se encontraba allí el observador oficial de la ONU, Hamish Sajjan, el primer sij escocés que he conocido en mi vida, enfundado elegantemente en una chaqueta Harris de tweed y su turbante índigo. Tuve que pedirle que advirtiera a los bosnios que nadie iba a fumar en una estancia que pronto alojaría un manuscrito del siglo XV. A partir de ese momento, los guardias estuvieron todavía más inquietos.
Hacía casi dos horas que esperábamos e incluso yo estaba empezando a inquietarme. Había hecho todo lo posible por matar el tiempo. Los guardias me habían ayudado a ubicar la gran mesa de juntas debajo de la ventana para aprovechar la luz. Había armado el microscopio y dispuesto mis herramientas: las cámaras para la documentación fotográfica, las sondas y los bisturís. El vaso de precipitados de gelatina se ablandaba sobre su almohadilla térmica, y la pasta de trigo, las hebras de lino y el pan de oro estaban dispuestos, y también unos pocos sobrecitos de plástico transparentes, por si la fortuna me sonreía y encontraba algún residuo dentro de la encuadernación (es increíble cuánto se puede aprender de un libro al estudiar la composición química de una migaja de pan). También había colocado allí muestras de varios tipos de piel de becerro, rollos de papel hecho a mano de diversos tonos y texturas, y cuñas de goma espuma para apoyar el libro. Si es que alguna vez llegaba.
—¿Tienes idea de cuánto vamos a tener que esperar? —pregunté a Sajjan.
Éste se encogió de hombros.
—Creo que se han retrasado por el representante del Museo Nacional. El libro es propiedad del museo, por lo que el banco no puede retirarlo de la bóveda excepto en presencia del representante.
Impaciente, me acerqué a las ventanas. Estábamos en la planta superior del banco, un edificio austro-húngaro estilo tarta de boda cuya fachada de estuco había sido agujereada por proyectiles de mortero, al igual que todos los demás edificios de la ciudad. Apoyé la mano sobre el cristal y sentí el frío filtrándose. Supuestamente el invierno ya había acabado. Abajo, en el pequeño jardín junto a la entrada del banco, florecían los azafranes de primavera. Pero aquella madrugada había nevado y todas las florecillas rebosaban con pequeños copos de nieve, como tazas de capuchino en miniatura. Al menos la nevada ayudaba a que en el interior de la sala la luz fuese más pareja y brillante. Una luz perfecta para trabajar, si hubiera podido ponerme manos a la obra.
Sólo por hacer algo, desenrollé algunos de mis papeles, de lino francés. Con una regla metálica tracé las hojas una por una hasta alisarlas todas. El sonido del filo metálico deslizándose sobre las grandes hojas me recordaba al romper de las olas que puede oírse en mi apartamento, en Sydney.
Me percaté de que me temblaban las manos, mala cosa para cualquiera que se dedique a esta profesión.
Fuente: Los guardianes del libro - Geraldine Brooks - 2008
Fácil de leer, entretenido, innovador y agradable.
La verdad es que me ha sorprendido. Esperaba menos de este libro y me encuentro con algo sencillo y deslumbrante con una trama entretenida y ágil.
Para empezar, en el laboratorio de mi casa no hay guardias de seguridad. Quiero decir que, en el museo, suele haber un puñado de guardias profesionales yendo y viniendo, pero a ninguno de ellos se le ocurriría ni en sueños irrumpir en mi lugar de trabajo. Todo lo contrario que aquí. Son seis. Dos son guardias de seguridad del banco; otros dos son policías bosnios, contratados para vigilar a los guardias de seguridad del banco; y los otros dos son cascos azules de las Naciones Unidas, encargados de vigilar a los policías bosnios. Todos vociferando constantemente en bosnio o en danés por sus chirriantes walkie-talkies. Y como si tal gentío no bastase, también se encontraba allí el observador oficial de la ONU, Hamish Sajjan, el primer sij escocés que he conocido en mi vida, enfundado elegantemente en una chaqueta Harris de tweed y su turbante índigo. Tuve que pedirle que advirtiera a los bosnios que nadie iba a fumar en una estancia que pronto alojaría un manuscrito del siglo XV. A partir de ese momento, los guardias estuvieron todavía más inquietos.
Hacía casi dos horas que esperábamos e incluso yo estaba empezando a inquietarme. Había hecho todo lo posible por matar el tiempo. Los guardias me habían ayudado a ubicar la gran mesa de juntas debajo de la ventana para aprovechar la luz. Había armado el microscopio y dispuesto mis herramientas: las cámaras para la documentación fotográfica, las sondas y los bisturís. El vaso de precipitados de gelatina se ablandaba sobre su almohadilla térmica, y la pasta de trigo, las hebras de lino y el pan de oro estaban dispuestos, y también unos pocos sobrecitos de plástico transparentes, por si la fortuna me sonreía y encontraba algún residuo dentro de la encuadernación (es increíble cuánto se puede aprender de un libro al estudiar la composición química de una migaja de pan). También había colocado allí muestras de varios tipos de piel de becerro, rollos de papel hecho a mano de diversos tonos y texturas, y cuñas de goma espuma para apoyar el libro. Si es que alguna vez llegaba.
—¿Tienes idea de cuánto vamos a tener que esperar? —pregunté a Sajjan.
Éste se encogió de hombros.
—Creo que se han retrasado por el representante del Museo Nacional. El libro es propiedad del museo, por lo que el banco no puede retirarlo de la bóveda excepto en presencia del representante.
Impaciente, me acerqué a las ventanas. Estábamos en la planta superior del banco, un edificio austro-húngaro estilo tarta de boda cuya fachada de estuco había sido agujereada por proyectiles de mortero, al igual que todos los demás edificios de la ciudad. Apoyé la mano sobre el cristal y sentí el frío filtrándose. Supuestamente el invierno ya había acabado. Abajo, en el pequeño jardín junto a la entrada del banco, florecían los azafranes de primavera. Pero aquella madrugada había nevado y todas las florecillas rebosaban con pequeños copos de nieve, como tazas de capuchino en miniatura. Al menos la nevada ayudaba a que en el interior de la sala la luz fuese más pareja y brillante. Una luz perfecta para trabajar, si hubiera podido ponerme manos a la obra.
Sólo por hacer algo, desenrollé algunos de mis papeles, de lino francés. Con una regla metálica tracé las hojas una por una hasta alisarlas todas. El sonido del filo metálico deslizándose sobre las grandes hojas me recordaba al romper de las olas que puede oírse en mi apartamento, en Sydney.
Me percaté de que me temblaban las manos, mala cosa para cualquiera que se dedique a esta profesión.
Fuente: Los guardianes del libro - Geraldine Brooks - 2008
Fácil de leer, entretenido, innovador y agradable.
La verdad es que me ha sorprendido. Esperaba menos de este libro y me encuentro con algo sencillo y deslumbrante con una trama entretenida y ágil.

1 Comentarios:
Este sí que lo he leido, y la verdad es que me pasó como a tí, me sorprendió muy gratamente!!!
Feliz semanita cieloooo, cuidateeee!!Si te aburres ya sabes, en mi blog tienes un Memé esperándote!jeje
Muacksss
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