jueves, 2 de abril de 2009

El libro de las ilusiones


Eso tramaba la lúcida e ingeniosa Brigid O’Fallon, y durante una temporada pareció que acabaría atrapando a su hombre. Envuelto en sus diversas disputas con Hunt, luchando contra la fatiga y la tensión de tener que realizar una nueva película cada mes, Hector se sentía cada vez menos inclinado a desperdiciar la noche en clubs de jazz y bares clandestinos, a malgastar sus fuerzas en seducciones inútiles. El apartamento de O’Fallon se convirtió en un refugio para él, y las apacibles noches que allí pasaban juntos le ayudaban a mantener en equilibrio la cabeza y la entrepierna. Brigid poseía un agudo sentido crítico, y como entendía más que él sobre la industria cinematográfica, Hector respetaba mucho sus opiniones. Fue ella, en realidad, quien sugirió la prueba para que Dolores Saint John hiciera el papel de hija del sheriff en El utilero, su siguiente comedia. Brigid llevaba unos meses estudiando la carrera de Saint John, y en su opinión aquella actriz de veintiún años tenía posibilidades de convertirse en algo grande, otra Mabel Normand o Gloria Swanson, otra Norma Talmadge.

Hector siguió su consejo. Cuando Saint John entró en su despacho tres días después, ya había visto un par de películas suyas y estaba decidido a ofrecerle el papel. Brigid tenía razón en cuanto a las dotes interpretativas de Saint John, pero nada de lo que ella había dicho ni de lo que él había visto en el trabajo de la actriz le había preparado para el irresistible efecto que le causó su presencia. Una cosa era ver la actuación de alguien en una película muda, y otra muy distinta estrechar la mano de esa persona y mirarla a los ojos. Otras actrices quizá resultaban más impresionantes en el celuloide, pero en la vida real de sonido y color, en el mundo de carne y hueso, de tres dimensiones, de cinco sentidos, cuatro elementos y dos sexos nunca había conocido a una criatura como aquélla. No era que Saint John fuese más bella que otras mujeres, ni tampoco que dijera nada excepcional en los veinticinco minutos que estuvieron juntos aquella tarde. Para ser enteramente francos, parecía un poco sosa, de una inteligencia no superior a la media, pero tenía cierto aire salvaje, una energía animal que discurría bajo su piel e irradiaba de sus gestos, y a Hector le resultaba imposible dejar de mirarla. Los ojos que le devolvían la mirada eran del más pálido azul siberiano. Tenía la piel muy blanca, y sus cabellos pelirrojos tenían un matiz oscuro, tirando a caoba. A diferencia de la mayoría de las norteamericanas de junio de 1928, llevaba el pelo largo, en una melena que le caía hasta los hombros. Hablaron durante un rato sobre nada en particular. Luego, sin preámbulo alguno, Hector le dijo que el papel era suyo si lo quería, y ella aceptó. Nunca había trabajado en una comedia burlesca, le dijo, y aquel desafío le hacía mucha ilusión. Luego se levantó de la silla, le estrechó la mano y salió del despacho. Diez minutos después, con la cabeza aún llena de la ardiente imagen de su rostro, Hector decidió que Dolores Saint John era la mujer con la que iba a casarse. Era la mujer de su vida, y si al final resultaba que no le quería, entonces no se casaría con nadie.

Desempeñó hábilmente su papel en El utilero, haciendo todo lo que Hector le indicaba e incluso contribuyendo con algunas florituras de su parte, pero cuando él trató de contratarla para su siguiente película, ella puso ciertos reparos. Le habían ofrecido el papel principal en una película de Allan Dwan, y la oportunidad era sencillamente demasiado grande para que pudiera rechazarla. Hector, que supuestamente tenía un toque mágico con las mujeres, no llegaba a parte alguna con ella. No encontraba palabras para decir lo que sentía en inglés, y siempre que estaba a punto de declararle sus intenciones, se volvía atrás en el último momento. Temía asustarla si se expresaba mal, destruyendo sus posibilidades para siempre. Mientras, seguía pasando varias noches a la semana en el apartamento de Brigid, y como nunca le había hecho promesas, como era libre de amar a quien le diera la gana, no le dijo nada acerca de Saint John. Cuando se acabó el rodaje de El utilero a finales de junio, Saint John fue a rodar exteriores en los montes Tehachapi. Trabajó cuatro semanas en la película de Dwan, y en ese tiempo Hector le escribió sesenta y siete cartas. Lo que había sido incapaz de decirle en persona, encontró al fin el valor de expresarlo por escrito. Se lo repitió una y otra vez, y aun cuando se lo decía de manera diferente cada vez que le escribía, el mensaje era siempre el mismo. Al principio, Saint John se quedó perpleja. Luego se sintió halagada. Después empezó a esperar las cartas con impaciencia, y al final comprendió que no podía vivir sin ellas. Cuando volvió a Los Angeles a principios de agosto, le dijo a Hector que la respuesta era sí. Sí, le quería. Sí, se convertiría en su mujer.

Fuente: El libro de las ilusiones - Paul Auster - 2002

Cuando empecé el libro que me había recomendado un buen amigo pensé: "esto no me va a gustar, no es mi estilo".
Y no podía estar más equivocada.
Ciertamente no es mi estilo, pero tengo que reconocer que es un libro dinámico y que absorbe. Me ha tenido enganchada desde la primera página hasta el final en una sucesión de secuencias y acción que daban un giro brutal a la trama.
No me esperaba este final, la verdad, es crudo, demasiado duro, pero sin duda, es un buen final, nada de tópicos.
Directo, genial.

2 Comentarios:

Océano Naranja dijo...

Terminamos dos maquetas de Cadiz y ya estan en un museo de granada niña,que te parece haciendo popular tu belleza.se me cuida.

Clarita dijo...

Si que pinta bien el libro!!
Holaaas guapísima, ya estoy de vuelta, las vacaciones geniales y Mérida maravillosa, ahora ando con la pereza propia de la vuelta al cole!jeje.
Un besote gordote