martes, 24 de marzo de 2009

Atardecer


Ágata estaba sentada en el porche de su destierro.
Había decidido escaparse con Marta a la casa en la sierra de sus padres, necesitaba huir de la ciudad y de todo lo cotidiano y pensar en su futuro y en lo que realmente quería hacer con su vida. Pensar por una vez en ella y no en los demás, esa era la parte más complicada del plan.

Mientras la taza de té humeaba en el escalón de la entrada, Ágata sostenía el libro con la mano izquierda acariciando a Pardo, el adorable labrador que había crecido con ella, con la otra mano; la espalda apoyada en la columna de la puerta y la vista fija en las líneas de ese libro que siempre la enganchaba: Las aventuras de Alicia en el País de las maravillas.

Marta salió de la casa y se sentó a su lado mirándola fijamente.
Sin levantar la vista Ágata rompió el silencio:

-- ¿Qué te pasa, Marta? Creía que lo tuyo a estas horas de la tarde era un baño caliente y tele, no un libro y un atardecer.
-- Tenemos que hablar Ágata, lo sabes, por eso me has traído aquí,- Marta removía el café con la cucharilla de plata- porque se te da mucho mejor pensar en voz alta que hacerlo en voz baja.
-- Estoy leyendo Martita, luego, si te apetece hablamos. - Le dijo a su amiga sin levantar los ojos de las páginas
-- Me vas a hacer soltar el libro en la parte más interesante. - Esta vez las palabras de Ágata sonaron burlonas, sarcásticas. Marta la escucho sin alterar su semblante, quince años de amistad valían para adivinar porque estaban ahí pero también servían para dejar que su amiga de la infancia hablara como quisiera y cuando realmente le apeteciera.
-- Creo que es justo, es viernes, me has raptado, iba a salir con la gente de la facultad y estoy a 70 kilómetros de cualquier sitio habitado más cercano, es justo que me cuentes que ha pasado, que ha desbordado ese río que estaba protegido.
-- Me han echado del trabajo Marta, algo para lo que me estaba preparando, sabía que una vez terminado el proyecto y enseñado cómo se maneja el programa, yo era prescindible... No soporto ser prescindible Marta. - Ágata soltó el libro al lado de la taza de té, posó la mirada en el horizonte y comenzó a ver la puesta de Sol con Pardo entre sus piernas disfrutando de sus caricias.
-- Bicho, hay algo más, lo sé, cualquier empresa del sector te quiere en su plantilla, tiene que haber algo más.

Se hizo un silencio entre las dos amigas, mientras Marta bebía de su taza de café, el té de Ágata se enfriaba y Pardo respiraba acompasadamente con los movimientos de la mano cariñosa de su dueña, el Sol se ponía y empezaba a refrescar. Marta entró en la casa y sacó dos mantitas de sofá. Ágata la miró por primera vez a la cara desde que llegaron a media tarde. Estaba llorando.

-- Bicho, no llores por favor... Me partes el alma, hacía años que no te veía llorar con esa cara de dolor. Bueno... llora, por lo menos te desahogas niña, pero cuéntame que ha pasado, te lo pido por favor. - Se pegó al costado de su amiga y le pasó el brazo por los hombros dejando que Ágata se deshiciera en lágrimas sobre su hombro mientras ella le acariciaba el pelo.
-- Me temo Marta que es complicado de explicar. Estaba bien, realmente bien, sin Pablo, feliz, era muy feliz, en casa, en el trabajo, con vosotros, empezaba a cumplir sueños, pequeñas cosas que me llenaban de forma especial. Y de repente... Quedé con Marcos para dar una vuelta una tarde, tomamos café...
-- ¿Marcos? Pero si os lleváis a matar, si no podéis estar juntos sin pelearos Ágata, ¿qué te ha hecho?
-- No Marta, no me ha hecho nada, pasamos muy buena tarde los dos, y empezamos a quedar más a menudo... Simplemente por quedar y ahora... Oh Martita, no puede pasar y lo tengo que parar, yo estaba bien como estaba y ahora, estoy muy confundida, me siento genial cuando estoy con él y me apetece pasar tiempo con él, pero no de la forma en que estás pensando. Déjame que te explique. Quiero conocer a esa persona a la que generalmente ignoraba porque me hacía daño, quiero saber que se le pasa por la cabeza, quiero que me conozca, y no sé cómo hacerlo sin que crea... - Ágata se volvió a echar a llorar contra el hombro de Marta que no salía de su impresión y por primera vez en años, no entendía lo que su amiga le quería decir.
-- Ágata, tesoro, no te entiendo... Tu cara dice una cosa y tú dices otra. Explícate por favor.
-- No puedo hacerlo, es que he perdido el rumbo, ya no sé lo que quiero, sé que estaba bien, disfrutando de la vida de los momentos, intentando no depender de nadie y ahora me veo dependiente de alguien a quién nunca le he prestado más atención que a una piedra, ¿lo ves? No sé qué pasa Martita, -Ágata se levantó y se apoyó en el barandilla del porche- sólo sé que el escucha sin juzgar y por muy disparatada o estúpidas que sean mis ideas, mis manías, las acepta.

Ágata se volvió hacia Marta, la miró a los ojos.
-- Marta, tengo miedo de encariñarme con él y que desaparezca de mi vida como todo lo bueno que me pasa últimamente. Es más sano apartarse de esas personas que terminan estando de paso en tu vida, te hacen sufrir cuando se van, y yo ya no quiero sufrir, quiero seguir disfrutando del día a día como hasta ahora. Quiero ser feliz con poco y sin tener que depender de nada ni de nadie, y me temo que terminaré dependiendo de él si no me alejo, porque es esa clase de personas que como tú, escucha, te deja hablar y pensar así, en voz alta, sin interrumpir, ni esperar información que le haga entender algo que no le incumbe. Es especial Marta, y la última persona especial de mi vida me terminó haciendo mucho daño.
-- Bicho, piensa por un momento, crees que todo el mundo te puede terminar haciendo daño y no te falta razón, y tienes miedo. Cierto, pero tus miedos siempre han estado ahí, el problema que tienes es que no encuentras la valentía para superarlo y lanzarte a la aventura de vivir sin ocuparte de los miedos. Ágata, todos tenemos miedos, pero también sabemos superarlos, tú siempre lo has hecho, ¿es que acaso Pablo te hizo tanto daño que es imposible para ti volver a confiar en nadie? En mi confías...

Ágata seguía llorando, cada vez más apenada, estaba llorando por todo las cosas malas de los últimos meses, por ponerle nombre a todos sus miedos, estaba llorando para poder afrontarlos, para hacerse con la valentía necesaria y seguir adelante.
Marta la cogió por los hombros dándole un tierno beso en el pelo, se la llevó al interior de la casa. Ya había oscurecido. La tendió en el sofá y la tapó con la mantita, la dejó allí llorando amargamente y sacando fuera todas esas cosas que no había sido capaz de sacar en años de callarse. Pardo se tumbó al lado del sofá.
Marta se fue a la cocina a prepararle un caldo casero que la aliviara y le repusiera fuerza, mientras lo hacía sonó su teléfono móvil.

-- Diga -contestó sujetando el móvil con el hombro.
-- Hola guapa, soy Natalia, ¿cómo anda?
-- Bien Natalia, ya pasó, está llorando en el sofá, ya conoces a tu hija, tanto aguantar... Un día tiene que explotar, aún no sé de dónde saca esa capacidad de control delante de los demás. Aunque es cierto que ha tardado poco en derrumbarse.
-- Cuídala mucho ¿vale? Es lo más bonito que tengo.
-- Descuida, la cuidaré como ella cuida de mí. Mañana te llamamos.
-- Gracias Marta.

Texto: Dina El Ghoulbzouri Torres

2 Comentarios:

Clarita dijo...

Precioso, me ha enternecido el ensalzamiento de la amistad. Tenemos que cuidar a los amigos, porque muchas veces nos entienden más que nosotros mismos y nos ayudan sin saber que lo necesitamos. Con un simple gesto, con una simple caricia, con un simple abrazo...
Me ha encantado.
Un beso guapa

Alatriste dijo...

La amistad es un tesoro, cuando los sentimientos son verdaderos. Los tuyos estoy convencido de que lo son. No seas nunca la Inés de mi historia. Lucha por tus sueños y sé valiente. Me consta que lo eres. Espero que vaya todo bien al otro lado. Siempre es una alegría enorme intercambiar palabras contigo. Un besazo y cuídate.