martes, 17 de febrero de 2009

El salón de ámbar


La luz que entraba por la ventana me despertó. Yo dormía siempre con la persiana completamente bajada, pero José no, así que, aunque sólo habían transcurrido dos horas desde que nos dormimos —el despertador de la mesilla de noche marcaba las nueve y diez minutos—, abrí los ojos y parpadeé aturdida en aquella habitación llena de juguetes mecánicos.
A esas tempranas horas de aquel domingo, Oporto descansaba todavía, pues la ruidosa avenida estaba silenciosa y podía oírse con claridad el canto de los pájaros. Miré a
José, que, con los ojos cerrados y el pelo revuelto, dormía profundamente a mi lado. Su respiración era tranquila y su brazo derecho descansaba rodeando mi cintura. Intenté moverme despacito para observarle mejor pero apretó el abrazo, como si, en mitad del sueño, temiera que me separara de él. Quizá me había enamorado de un tipo posesivo, me dije preocupada, y una sonrisa luminosa se dibujó rápidamente en mis labios: era ya demasiado mayor para no saber apreciar los gestos del amor. Así que cerré los ojos, pegué mi cuerpo al suyo —que, sin despertarse, me recibió encantado— y me dejé mecer por el letargo. Unos pasos firmes se oyeron, de pronto, en el pasillo, acercándose a gran velocidad. Abrí los ojos de par en par, notando cómo mi pulso se disparaba y cómo mi alarma interior empezaba a descargar altas dosis de adrenalina en sangre. Un par de golpes retumbaron sobre la madera de la puerta.

—¿Estáis despiertos?
—¡No! —grité, tirando hacia arriba del edredón para cubrirnos a Jóse y a mí.
—¡Vale! Son las nueve y cuarto. He hecho café y tostadas.
—¡Queremos dormir! —gritó José sin abrir los ojos y atrayéndome más hacia sí.
—Bueno, pero no habéis preparado el trabajo de Weimar —la voz se alejaba por el
pasillo—. ¡Luego, papá, dime que yo tengo que ser responsable!
—Odio a esa niña... —balbució su padre, besándome, y luego, levantando la voz,
exclamó:— ¡Podrías traernos el desayuno a la cama!
—¡Ni se te ocurra! —mascullé angustiada.
—¡Soy demasiado joven para ver ciertas cosas! —rezongó Amalia desde lejos.
—¡Menos mal!

Fuente: El salón de ámbar - Matilde Asensi - 1996