Durante el silencio que siguió sentí que la señorita Winter se concentró de tal manera que incluso ante mis propios ojos consiguió ausentarse de sí misma; empecé a entender por qué, al entrar en la biblioteca, no había reparado en ella. Observé su caparazón, maravillada ante la imposibilidad de saber qué estaba pasando bajo la superficie.
Entonces emergió.
—¿Sabe por qué mis libros tienen tanto éxito?
—Por muchas razones.
—Quizá. Fundamentalmente, porque tienen una introducción un nudo y un desenlace. En el orden correcto. Todos los relatos tienen, naturalmente, una introducción, un nudo y un desenlace, pero lo que importa es que sigan el orden correcto. Por eso gustan mis libros.
Suspiró y jugueteó con las manos.
—Voy a responder a su pregunta. Voy a contarle algo acerca de mí, algo que me ocurrió antes de que me hiciera escritora y me cambiara el nombre, algo de lo que hay constancia. Es lo más importante que me ha sucedido en la vida, pero no esperaba contárselo tan pronto. Para hacerlo tendré que romper una de mis reglas. Tendré que contarle el desenlace de mi historia antes de haberle contado la introducción.
—¿El desenlace de su historia? ¿Cómo puede ser si ocurrió antes de que empezara a escribir?
—Sencillamente porque mi historia, mi historia personal, terminó antes de que comenzara a escribir. La literatura solo ha sido una manera de estar ocupada desde que todo terminó.
Aguardé. La señorita Winter inspiró como el ajedrecista que descubre que su pieza clave está acorralada.
—Preferiría no tener que contárselo, pero se lo he prometido, ¿no es cierto? La regla de tres. Es inevitable. Por mucho que el mago suplique al muchacho que no pida un tercer deseo porque sabe que terminará en desastre, el muchacho pedirá un tercer deseo y el mago tendrá que concedérselo porque las reglas de la narración así lo exigen. Me pidió que le contara la verdad sobre tres cosas, y por la regla de tres debo hacerlo, pero permítame que primero le pida algo a cambio.
—¿Qué?
—Después no habrá más saltos en la historia. A partir de mañana le relataré mi historia empezando por la introducción, continuando el nudo y terminando con el desenlace. Todo en el orden correcto. Nada de trampas. Nada de adelantarse. Nada de preguntas. Nada de miradas furtivas a la última página.
¿Tenía ella derecho a imponer condiciones al trato que ya habíamos cerrado? En realidad no. Así y todo, asentí con la cabeza.
—De acuerdo.
La señorita Winter no podía mirarme cuando empezó a hablar.
Fuente: El cuento número Trece - Diane Setterfield - 2006
Entonces emergió.
—¿Sabe por qué mis libros tienen tanto éxito?
—Por muchas razones.
—Quizá. Fundamentalmente, porque tienen una introducción un nudo y un desenlace. En el orden correcto. Todos los relatos tienen, naturalmente, una introducción, un nudo y un desenlace, pero lo que importa es que sigan el orden correcto. Por eso gustan mis libros.
Suspiró y jugueteó con las manos.
—Voy a responder a su pregunta. Voy a contarle algo acerca de mí, algo que me ocurrió antes de que me hiciera escritora y me cambiara el nombre, algo de lo que hay constancia. Es lo más importante que me ha sucedido en la vida, pero no esperaba contárselo tan pronto. Para hacerlo tendré que romper una de mis reglas. Tendré que contarle el desenlace de mi historia antes de haberle contado la introducción.
—¿El desenlace de su historia? ¿Cómo puede ser si ocurrió antes de que empezara a escribir?
—Sencillamente porque mi historia, mi historia personal, terminó antes de que comenzara a escribir. La literatura solo ha sido una manera de estar ocupada desde que todo terminó.
Aguardé. La señorita Winter inspiró como el ajedrecista que descubre que su pieza clave está acorralada.
—Preferiría no tener que contárselo, pero se lo he prometido, ¿no es cierto? La regla de tres. Es inevitable. Por mucho que el mago suplique al muchacho que no pida un tercer deseo porque sabe que terminará en desastre, el muchacho pedirá un tercer deseo y el mago tendrá que concedérselo porque las reglas de la narración así lo exigen. Me pidió que le contara la verdad sobre tres cosas, y por la regla de tres debo hacerlo, pero permítame que primero le pida algo a cambio.
—¿Qué?
—Después no habrá más saltos en la historia. A partir de mañana le relataré mi historia empezando por la introducción, continuando el nudo y terminando con el desenlace. Todo en el orden correcto. Nada de trampas. Nada de adelantarse. Nada de preguntas. Nada de miradas furtivas a la última página.
¿Tenía ella derecho a imponer condiciones al trato que ya habíamos cerrado? En realidad no. Así y todo, asentí con la cabeza.
—De acuerdo.
La señorita Winter no podía mirarme cuando empezó a hablar.
Fuente: El cuento número Trece - Diane Setterfield - 2006

2 Comentarios:
Me asombra que siga vendiéndose un libro tan mediocre como este, publicado en nuestro país hace ya un par de años casi. La autora se separa de sus maestros inspiradores (Austen, las Brönte, Collins, Eliot y Dickens) al plantear el contenido de su historia: la mayoría de los protagonistas son seres poco corrientes, a un paso de la locura. No se describen sus frecuentes comportamientos enfermizos y morbosos pero están siempre presentes, configurando una atmósfera de irracionalidad y abandono que disgustará a cualquier lector mínimamente sensible y equilibrado.
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