Cuando la criada recogió la mesa, Caris dijo:
—Mientras estuve enferma, pensé mucho en la muerte.
—No pediste un sacerdote.
—Sin importar si he sido buena o mala, no creo que Dios se deje engañar por un cambio de actitud de última hora.
—¿Y qué pensaste?
—Me pregunté si había algo de lo que me arrepintiera.
—¿Y había algo?
—Muchas cosas. No soy buena amiga de mi hermana. No he tenido hijos. Perdí la capa escarlata que mi padre le entregó a mi madre el día en que ésta murió.
—¿Cómo la perdiste?
—No me permitieron conservarla al ingresar en el convento. No sé qué sería de ella.
—¿Qué es aquello de lo que más te arrepientes?
—Son dos cosas: no he logrado construir mi hospital y no he pasado suficiente tiempo en la cama contigo.
Él enarcó las cejas.
—Bueno, podemos cambiar fácilmente lo segundo...
—Ya lo sé.
—¿Y las monjas?
—A nadie le importa ya. Ya has visto cuál es la situación en la ciudad. Aquí en el convento estamos demasiado ocupadas para respetar las viejas normas. Joan y Oonagh duermen juntas todas las noches en una de las alcobas del primer piso del hospital. No importa.
Merthin frunció el ceño.
—Es extraño que hagan eso y que sigan asistiendo al oficio de nona. ¿Cómo reconcilian ambas cosas?
—Escucha. El Evangelio según San Lucas dice: «El que tenga dos túnicas que las reparta con quien no tenga ninguna». ¿Cómo crees que concilla eso el obispo con su arcón lleno de túnicas? Todos toman lo que les conviene de las enseñanzas de la Iglesia y dejan de lado aquello que no se adapta a su forma de vida.
—¿Y tú?
—Yo hago lo mismo, pero soy coherente con mis actos. Así que voy a vivir contigo, como tu esposa, y si alguien me pregunta por qué, contestaré que vivimos una época extraña. —Se levantó, se dirigió hacia la puerta y echó el cerrojo—. Llevas dos semanas durmiendo aquí. No te vayas.
—No tienes que encerrarme —le dijo riendo—. Me quedaré de forma voluntaria—. La rodeó con los brazos.
—Unos minutos antes de que me desmayara acabábamos de empezar algo. Y Tilly nos interrumpió —recordó ella.
—Tenías fiebre.
—En ese sentido, todavía la tengo.
—Quizá podríamos retomarlo donde lo dejamos.
—Podríamos meternos en la cama antes.
—Está bien.
Subieron la escalera cogidos de la mano.
Fuente: Un mundo sin fin - Ken Follet - 2007
sábado, 3 de enero de 2009
Un mundo sin fin
Etiquetas:
Libros,
Literatura
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2 Comentarios:
este libro sigue pareciendome "el mundo sin fin" porque nunca llego a su fin, jejejeje.
Este libro no me lo he leído, ni su antecesor, pero por el alubión de críticas positivas que recibe casi es una tentación. Pero sí que me he leído a una Caris: a Caris de Efeso quien al no querer contraer matrimonio con el gobernador romano Festino en las postrimerías del Imperio Romano huye hacia Alejandría disfrazada de Eunuco para estudiar medicina. Es el argumento de El Faro de Alejandría de Gillian Bradshaw. Besitos
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