La señorita Dashwood era de tez delicada, rasgos regulares y una figura notablemente bonita. Marianne era más hermosa aún. Su silueta, aunque no tan, correcta como la de su hermana, al tener la ventaja de la altura era más llamativa; y su rostro era tan encantador, que cuando en los tradicionales panegíricos se la llamaba una niña hermosa, se faltaba menos a la verdad de lo que suele ocurrir. Su cutis era muy moreno, pero su transparencia le daba un extraordinario brillo; todas sus facciones eran correctas; su sonrisa, dulce y atractiva; y en sus ojos, que eran muy oscuros, había una vida, un espíritu, un afán que difícilmente podían ser contemplados sin placer. Al comienzo contuvo ante Willoughby la expresividad de su mirada, por la turbación que le producía el recuerdo de su ayuda. Pero cuando esto pasó; cuando recuperó el control de su espíritu; cuando vio que a su perfecta educación de caballero él unía la franqueza y vivacidad; y, sobre todo, cuando le escuchó afirmar que era apasionadamente aficionado a la música y al baile, le dio tal mirada de aprobación que con ella aseguró que gran parte de sus palabras estuvieran dirigidas a ella durante el resto de su estadía.
Lo único que se requería para inducirla a hablar era mencionar cualquiera de sus diversiones favoritas. No podía mantenerse en silencio cuando se tocaban esos temas, y no era ni tímida ni reservada para discutirlos. Rápidamente descubrieron que compartían el gusto por el baile y la música, y que ello nacía de una general similitud de juicio en todo lo que concernía a ambas actividades. Animada por esto a examinar con mayor detenimiento las opiniones del joven, Marianne procedió a interrogarlo en tomo al tema de los libros; trajo a colación sus autores favoritos hablando de ellos con tal arrobamiento, que cualquier joven de veinticinco años tendría que haber sido en verdad insensible para no transformarse en un inmediato converso a la excelencia de tales obras, sin importar cuán poco las hubiera tenido en consideración antes. Sus gustos eran extraordinariamente semejantes. Ambos idolatraban los mismos libros, los mismos pasajes; o, si aparecía cualquier diferencia o surgía cualquier objeción de parte de él, no duraba sino hasta el momento en que la fuerza de los argumentos de la joven o el brillo de sus ojos podían desplegarse. El asentía a todas sus decisiones, se contagiaba de su entusiasmo y mucho antes del fin de su visita, conversaban con la familiaridad de conocidos de larga data.
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Puede imaginarse con qué indignación leyó la señorita Dashwood una carta como ésta. Aunque desde antes de leerla estaba consciente de que debía contener una confesión de su inconstancia y confirmar su separación definitiva, ¡no imaginaba que se pudiera utilizar tal lenguaje para anunciarlo! Tampoco habría supuesto a Willoughby capaz de apartarse tanto de las formas propias de un sentir honorable y delicado... tan lejos estaba de la corrección propia de un caballero como para mandar una carta tan descaradamente cruel: una carta que, en vez de acompañar sus deseos de quedar libre con alguna manifestación de arrepentimiento, no reconocía ninguna violación de la confianza, negaba que hubiera existido ningún afecto especial..., una carta en la cual cada línea era un insulto y que proclamaba que su autor estaba hundido profundamente en la más encallecida vileza.
Se detuvo en ella durante algún tiempo con indignado asombro; luego la volvió a leer una y otra vez; pero cada relectura sirvió tan sólo para aumentar su aborrecimiento por ese hombre, y tan amargos eran sus sentimientos hacia él que no osaba darse permiso para hablar, a riesgo de ahondar en las hedidas de Marianne al presentar el fin de su compromiso no como una pérdida para ella de algún bien posible, sino como el haber escapado del peor y más irremediable de los males, la unión de por vida con un hombre sin principios; como una muy verdadera liberación, una muy importante bendición.
Fuente: Sentido y sensibilidad - Jaen Austen - 1811
Lo único que se requería para inducirla a hablar era mencionar cualquiera de sus diversiones favoritas. No podía mantenerse en silencio cuando se tocaban esos temas, y no era ni tímida ni reservada para discutirlos. Rápidamente descubrieron que compartían el gusto por el baile y la música, y que ello nacía de una general similitud de juicio en todo lo que concernía a ambas actividades. Animada por esto a examinar con mayor detenimiento las opiniones del joven, Marianne procedió a interrogarlo en tomo al tema de los libros; trajo a colación sus autores favoritos hablando de ellos con tal arrobamiento, que cualquier joven de veinticinco años tendría que haber sido en verdad insensible para no transformarse en un inmediato converso a la excelencia de tales obras, sin importar cuán poco las hubiera tenido en consideración antes. Sus gustos eran extraordinariamente semejantes. Ambos idolatraban los mismos libros, los mismos pasajes; o, si aparecía cualquier diferencia o surgía cualquier objeción de parte de él, no duraba sino hasta el momento en que la fuerza de los argumentos de la joven o el brillo de sus ojos podían desplegarse. El asentía a todas sus decisiones, se contagiaba de su entusiasmo y mucho antes del fin de su visita, conversaban con la familiaridad de conocidos de larga data.
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Puede imaginarse con qué indignación leyó la señorita Dashwood una carta como ésta. Aunque desde antes de leerla estaba consciente de que debía contener una confesión de su inconstancia y confirmar su separación definitiva, ¡no imaginaba que se pudiera utilizar tal lenguaje para anunciarlo! Tampoco habría supuesto a Willoughby capaz de apartarse tanto de las formas propias de un sentir honorable y delicado... tan lejos estaba de la corrección propia de un caballero como para mandar una carta tan descaradamente cruel: una carta que, en vez de acompañar sus deseos de quedar libre con alguna manifestación de arrepentimiento, no reconocía ninguna violación de la confianza, negaba que hubiera existido ningún afecto especial..., una carta en la cual cada línea era un insulto y que proclamaba que su autor estaba hundido profundamente en la más encallecida vileza.
Se detuvo en ella durante algún tiempo con indignado asombro; luego la volvió a leer una y otra vez; pero cada relectura sirvió tan sólo para aumentar su aborrecimiento por ese hombre, y tan amargos eran sus sentimientos hacia él que no osaba darse permiso para hablar, a riesgo de ahondar en las hedidas de Marianne al presentar el fin de su compromiso no como una pérdida para ella de algún bien posible, sino como el haber escapado del peor y más irremediable de los males, la unión de por vida con un hombre sin principios; como una muy verdadera liberación, una muy importante bendición.
Fuente: Sentido y sensibilidad - Jaen Austen - 1811

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