Estaba exhausta... y sorprendida de estar viva. Me quedé allí sentada, temblando de frío y miedo, mirando el perfil de Solarin, que contemplaba las olas. Parecía tan concentrado como ante aquel tablero de ajedrez... como si esto también hubiera sido cuestión de vida o muerte. Recordé que había dicho: «Soy un maestro de este juego.» «¿Y quién gana? —le pregunté entonces, y él contestó—: Yo. Siempre gano.»
Solarin luchó en un silencio hosco con el timón durante lo que parecieron horas mientras yo estaba allí sentada, fría e insensible, con la cabeza vacía. El viento amainaba pero las olas seguían siendo tan altas que nos movíamos como en una montaña rusa. En el Mediterráneo había visto esas tormentas que llegaban y se desvanecían, producían olas de tres metros de altura en los escalones del puerto de Sidi-Fredj y desaparecían después, como chupadas por un vacío. Rezaba porque esta vez sucediera lo
mismo.
Cuando vi el cielo oscuro que nos cubría aclarándose en la distancia, hablé.
—Si estamos bien por un rato —le dije—, tendría que bajar y ver si Lily sigue viva.
—Podrás irte enseguida. —Se volvió hacia mí, con un lado de la cara sucio de sangre y agua, que goteaba del pelo y caía en su nariz y su mejilla—. Pero primero quiero darte las gracias por salvarme la vida.
—Creo que tú salvaste la mía —dije con una sonrisa, pese a que seguía temblando de miedo y frío—. No hubiera sabido por dónde empezar...
Pero Solarin me miraba fijamente, con las manos apoyadas en el timón. Antes de que pudiera reaccionar, se inclinó sobre mí... sus labios eran cálidos y el agua que se deslizaba por su pelo cayó en mi cara y volvimos a quedar empapados por sus dedos como aguijones de avispas. Solarin se apoyó contra el timón y me atrajo hacia él, sus manos eran cálidas en aquellos lugares en los que mi camisa se pegaba a mi piel. Me atravesó un estremecimiento como una corriente eléctrica mientras él volvía a besarme, esta vez de manera más prolongada. Las olas subían y bajaban. Seguramente por eso tenía aquella sensación extraña en el estómago. No podía moverme y sentía que su calor me penetraba más y más.
Por último se apartó y miró mis ojos con una sonrisa.
—Si sigo así, nos hundiremos seguro —dijo con sus labios a pocos centímetros de los míos. Reacio, volvió a poner las manos sobre el timón. Frunció el ceño al volver a mirar el mar—. Es mejor que bajes —dijo despacio, como si estuviera pensando en algo. No se volvió a mirarme.
—Buscaré algo para vendarte la cabeza —prometí, furiosa al comprobar que mi voz sonaba débil.
El mar estaba muy movido aún, y las oscuras paredes de agua nos rodeaban. Pero eso no bastaba para explicar cómo me sentía al mirar su cabello mojado... y las zonas donde su camisa desgarrada se apretaba contra su cuerpo esbelto y musculoso. Bajé.
Al descender las escaleras, temblaba todavía. Por supuesto, pensé, su abrazo era una manifestación de gratitud... eso era todo. ¿Por qué tenía entonces esa extraña sensación en el estómago? ¿Por qué veía todavía sus translúcidos ojos verdes, tan penetrantes en el segundo anterior a aquel beso?
Fuente: El Ocho - Katherine Neville - 1988
Solarin luchó en un silencio hosco con el timón durante lo que parecieron horas mientras yo estaba allí sentada, fría e insensible, con la cabeza vacía. El viento amainaba pero las olas seguían siendo tan altas que nos movíamos como en una montaña rusa. En el Mediterráneo había visto esas tormentas que llegaban y se desvanecían, producían olas de tres metros de altura en los escalones del puerto de Sidi-Fredj y desaparecían después, como chupadas por un vacío. Rezaba porque esta vez sucediera lo
mismo.
Cuando vi el cielo oscuro que nos cubría aclarándose en la distancia, hablé.
—Si estamos bien por un rato —le dije—, tendría que bajar y ver si Lily sigue viva.
—Podrás irte enseguida. —Se volvió hacia mí, con un lado de la cara sucio de sangre y agua, que goteaba del pelo y caía en su nariz y su mejilla—. Pero primero quiero darte las gracias por salvarme la vida.
—Creo que tú salvaste la mía —dije con una sonrisa, pese a que seguía temblando de miedo y frío—. No hubiera sabido por dónde empezar...
Pero Solarin me miraba fijamente, con las manos apoyadas en el timón. Antes de que pudiera reaccionar, se inclinó sobre mí... sus labios eran cálidos y el agua que se deslizaba por su pelo cayó en mi cara y volvimos a quedar empapados por sus dedos como aguijones de avispas. Solarin se apoyó contra el timón y me atrajo hacia él, sus manos eran cálidas en aquellos lugares en los que mi camisa se pegaba a mi piel. Me atravesó un estremecimiento como una corriente eléctrica mientras él volvía a besarme, esta vez de manera más prolongada. Las olas subían y bajaban. Seguramente por eso tenía aquella sensación extraña en el estómago. No podía moverme y sentía que su calor me penetraba más y más.
Por último se apartó y miró mis ojos con una sonrisa.
—Si sigo así, nos hundiremos seguro —dijo con sus labios a pocos centímetros de los míos. Reacio, volvió a poner las manos sobre el timón. Frunció el ceño al volver a mirar el mar—. Es mejor que bajes —dijo despacio, como si estuviera pensando en algo. No se volvió a mirarme.
—Buscaré algo para vendarte la cabeza —prometí, furiosa al comprobar que mi voz sonaba débil.
El mar estaba muy movido aún, y las oscuras paredes de agua nos rodeaban. Pero eso no bastaba para explicar cómo me sentía al mirar su cabello mojado... y las zonas donde su camisa desgarrada se apretaba contra su cuerpo esbelto y musculoso. Bajé.
Al descender las escaleras, temblaba todavía. Por supuesto, pensé, su abrazo era una manifestación de gratitud... eso era todo. ¿Por qué tenía entonces esa extraña sensación en el estómago? ¿Por qué veía todavía sus translúcidos ojos verdes, tan penetrantes en el segundo anterior a aquel beso?
Fuente: El Ocho - Katherine Neville - 1988

2 Comentarios:
Porque era amor lo que sentía...jo he sentido la angustia de la tormenta, un placer como siempre leerte querida gaditana y un besotote enorme
Por cierto,¿has ido ya al falla? cuenta cuenta, jaja...otro rebesote
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