sábado, 24 de enero de 2009

Del amor y otros demonios


Ella abrió los ojos de pronto, pero se demoró para reconocerlo con elcamisón de lienzo de los enfermeros de leprosos.
El le mostró las uñas ensangrentadas.
«Escalé la tapia», le dijo sin voz.
Sierva María no se conmovió.
«Para qué», dijo.
«Para verte», dijo él.
No supo qué más decir, aturdido por el temblor de las manos y las grietas dela voz.
«Váyase», dijo Sierva María.
Él negó con la cabeza varias veces por miedo de que le fallara la voz.
«Váyase», repitió ella. «O me pongo a gritar».
Él estaba entonces tan cercaque podía sentir su aliento virgen.
«Así me maten no me voy», dijo. Y de pronto se sintió del otro lado del terror, yagregó con voz firme: «De modo que si vas a gritar puedes empezar ya»
.Ella se mordió los labios. Cayetano se sentó en la cama y le hizo el relato minucioso de su castigo, pero no le dijo las razones. Ella entendió más de lo que él era capaz de decir. Lo miró sin recelos y le preguntó por qué no tenía el parche en el ojo.
«Ya no me hace falta», dijo él, alentado. «Ahora cierro los ojos y veo unacabellera como un río de oro».
Se fue al cabo de dos horas, feliz, porque Sierva María aceptó que volviera, siempre que le llevara sus dulces favoritos de los portales. Llegó tan temprano la noche siguiente que aún había vida en el convento, y ella tenía el candil encendido para terminar el bordado de Martina. La tercera noche llevó mechas y aceite para alimentar la luz. La cuarta noche, sábado, estuvo varias horas ayudándola a espulgarse de los piojos que habían vuelto a proliferar en el encierro. Cuando la cabellera quedó limpia y peinada, él sintió una vez más el sudor glacial de la tentación. Se acostó junto a Sierva María con la respiración desacordada y se encontró con sus ojos diáfanos aun palmo de los suyos. Ambos se aturdieron. Él, rezando de miedo, le sostuvo la mirada.
Ella se atrevió a hablar:
«¿Cuántos años tiene?»
«Cumplí treinta y seis en marzo», dijo él.
Ella lo escudriñó.
«Ya es un viejecito», le dijo con un punto de burla. Se fijó en los surcos de sufrente, y agregó con toda la inclemencia de su edad: «Un viejecito arrugado».
El lo tomó con buen ánimo. Sierva María le preguntó por qué tenía un mechón blanco.
«Es un lunar», dijo él.
«De afeite», dijo ella.
«De natura», dijo él. «También mi madre lo tuvo».

Hasta entonces no había dejado de mirarla a los ojos y ella no daba muestras de rendirse. Él suspiró hondo, y recitó:
«Oh dulces prendas por mí mal halladas» .Ella no entendió.
«Es un verso del abuelo de mi tatarabuela», le explicó él. «Escribió tres églogas, dos elegías, cinco canciones y cuarenta sonetos. Y la mayoría por una portuguesa sm mayores gracias que nunca fue suya, primero porque él era casado, y después porque ella se casó con otro y murió antes que él».
«¿También era fraile?»
«Soldado», dijo él.

Algo se movió en el corazón de Sierva María, pues quiso oir el verso de nuevo. Él lo repitió, y esta vez siguió de largo, con voz intensa y bien articulada, hasta el último de los cuarenta sonetos del caballero de amor y de armas, don Garcilaso de la Vega, muerto en la flor de la edad por una pedrada de guerra.
Cuando terminó, Cayetano tomó la mano de Sierva María y la puso sobre su corazón. Ella sintió dentro el fragor de su tormenta.
«Siempre estoy así», dijo él, y sin darle tiempo al pánico se liberó de la materia turbia que le impedía vivir. Le confesó que no tenía un instante sin pensar enella, que cuanto comía y bebía tenía el sabor de ella, que la vida era ella a toda hora y en todas partes, como sólo Dios tenía el derecho y el poder de serlo, y que el gozo supremo de su corazón sería morirse con ella. Siguió hablándole sin mirarla, con la misma fluidez y el calor con que recitaba, hasta que tuvo la impresión de que Sierva María se había dormido. Pero estaba despierta, fijos en él sus ojos de cierva azorada. Apenas se atrevió apreguntar:
«¿Y ahora?»
«Ahora nada», dijo él. «Me basta con que lo sepas».

Fuente: Del amor y otros demonios - Gabriel García-Márquez - 1994